La Respuesta del Universo Sobre el proyecto

Lo que ocurre realmente mientras la moneda sigue en el aire

Seguramente casi todos nosotros nos hemos encontrado alguna vez en una situación en la que hay que tomar una decisión, elegir entre dos opciones — y esas opciones nos parecen completamente equivalentes. Sopesamos con cuidado los pros y los contras, luego preguntamos a los amigos, luego le damos vueltas durante días — y comprendemos que somos incapaces de hacer esa elección. O, según el caso, que no estamos dispuestos a cargar con la responsabilidad de haberla hecho.

Entonces muchos quieren traspasar la elección a algo que les parece verdaderamente imparcial. Echar a suertes, recurrir a una de las cientos de creencias populares. Pero tomemos lo más sencillo de todo: una moneda. Imagino que bastantes la han usado para resolver un sí o un no. No en vano, al parecer, una moneda tiene exactamente dos caras. Y parece que, una vez lanzada y obtenida la respuesta, sencillamente la aceptamos tal como sale.

Solo que este ritual, en apariencia tan simple, resulta no ser tan simple como parece.

Por qué volvemos a lanzarla

Empecemos por lo siguiente: la «respuesta» de la moneda no siempre estamos dispuestos a darla por buena. Recuerda qué hiciste cuando la moneda cayó del lado «equivocado». Si de verdad le hubieras confiado la elección, habrías aceptado el resultado en silencio — para eso se echa a suertes, ése era el trato contigo mismo. ¿Por qué entonces, de vez en cuando, la mano se estira sola para lanzarla otra vez, y luego otra más: entonces vale lo que salga dos de tres veces, tres de cinco, y así sucesivamente…?

Y sin embargo, si un resultado nos gusta y el otro no, eso significa que, en el momento en que la moneda cae, ya sabemos cuál de los dos es el «bueno» para nosotros. Lo sabemos — y no reparamos en ello en absoluto. Lo que nos decimos en ese instante no es «estoy decepcionado, luego lo que quiero es la otra respuesta», sino «mal lanzamiento».

¿De dónde salió entonces esa respuesta «buena», si hace un momento las dos opciones nos parecían equivalentes?

La moneda como traductora

No se había ido a ninguna parte. Estuvo dentro de nosotros todo el tiempo — sencillamente no tenía lengua. Porque hablábamos con nosotros mismos en la lengua de los argumentos: a favor, en contra, dos columnas, lo que dijeron los amigos — y mientras tanto temíamos reconocer que preferiríamos una sola de las dos opciones. Y esa preferencia no pertenece al terreno de lo racional: por eso nunca apareció en las columnas.

Y aquí la moneda hace lo único por lo que merece la pena lanzarla. Traduce la pregunta a otra lengua. No pregunta qué es más razonable — plantea la pregunta en la única forma en que una preferencia puede manifestarse: «¿Qué queremos en realidad?»

Y ahora lo más interesante: en qué momento, exactamente, se manifiesta.

No cuando la moneda ya ha caído. Entonces es demasiado tarde: en cuanto hay un resultado, tenemos una excusa. Hay a qué echarle la culpa — la moneda cayó mal, la mano tembló, lancemos otra vez.

Todo ocurre antes — mientras está en el aire. En ese tramo todavía no hay resultado, y no hay nada a lo que atribuir la propia reacción. Precisamente por eso el deseo se muestra tal cual es: que salga éste.

Es decir, volver a lanzar la moneda no es señal de que hayamos oído la respuesta. Es señal de que no la hemos oído.

La moneda como catalizador

Resulta, pues, que la moneda no toma la decisión por nosotros. No es un generador de decisiones, es un catalizador.

Vale la pena recordar la palabra en su sentido original. Un catalizador, en química, es una sustancia que no participa en la reacción y no se consume en ella. No aporta nada propio y no crea nada. Se limita a rebajar la barrera que la reacción no lograba franquear por sí sola. Todo lo que salga al final ya estaba en las sustancias de partida — sencillamente estaba ahí, inmóvil.

Con nuestra decisión ocurre exactamente lo mismo. Ya estaba ahí — junto a todos los argumentos sopesados, junto a las dos columnas donde la izquierda y la derecha salían iguales, junto a las noches sin dormir. Solo faltaba una nadería: un empujón. Un empujón que haga que la balanza, hasta entonces en su equilibrio precario, se incline por fin hacia un lado.

Cómo estirar ese instante

Pero un catalizador tiene una particularidad. Rebajar la barrera no suprime el tiempo que la reacción necesita para producirse. Prender no es lo mismo que dejar arder hasta el final.

Y la moneda nos concede menos de un segundo. Todo lo valioso cabe en ese instante en que está en el aire, y ese instante es demasiado breve para que alcancemos a oír nada.

¿Y si lo estirásemos un poco? ¿Y si la moneda se quedara en el aire no una fracción de segundo, sino varios segundos? Quizá esos instantes de más nos permitirían prestar más atención tanto al ritual mismo como a sus «pistas».

Más o menos para eso se creó la aplicación «La Respuesta del Universo». En el fondo es la misma moneda — solo que puesta en escena como un diálogo con el Universo, en el que entre la pregunta formulada y la respuesta recibida hay una pausa clara y, dentro de lo razonable, suficientemente larga. Una pausa que, según se ve, es lo más importante a la hora de decidir.

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